La aguja que me devolvió la vida
Relato ganador del Primer Concurso de
Relatos Aeronáuticos de Extracrew.com
Autor: Jorge Gárate
Categoría: Redacción Aeronáutica
Contribución de Roberto Ayala

Jamás olvidaré esa fría y oscura tarde de invierno en la cual pude reconocer el respeto que se merece el arte de volar.
Me disponía a salir con mi pequeño Cessna del aeropuerto de Madrid Cuatro Vientos con destino Valladolid. Mi experiencia se reducía a unas veinte horas de vuelo. Era mi segundo viaje y el primero que iba a hacer solo. La cara de mi instructor se torció al ver el mapa de tiempo significativo: se aproximaba un frente frío que estaba llegando a Matacán. Mis ganas y mi inexperiencia convencieron al instructor, que me despidió: “no tendrás problema, tendrás tiempo para ir y volver y entrar antes de que la cosa se ponga fea. Al llegar allí, chequea la meteo de nuevo. ¡Que tengas un buen vuelo!”.
Me subí al avión emocionado y con el corazón latiendo a toda velocidad. Volar era lo que más ansiaba en la vida, era un sueño para mí. Me encantaba elevarme por encima de las nubes y descubrir el sol que ese día nadie veía desde tierra. Me encantaba escuchar mi pequeño motor funcionando y el sonido del aire que se colaba por las rendijas de las chapas de metal. Me daba tiempo a pensar en mi vida, en como quería pasarla sobre los grandes aviones que me sobrevolaban preparándose para cruzar el gran Océano Atlántico.
Preparé todo para el vuelo. Autorizado a despegar, apliqué toda la potencia de mi pequeño motor haciendo que el avión resbalase hacia la izquierda de la pista. Pie derecho… rotación. El motor iba bien y los parámetros normales. Me elevaba en las afueras de Madrid y empezaba a vislumbrar esos campos que tantas veces repasaba mentalmente por si tuviese algún problema con el motor –“allí está el verde que tiene los cables al final. ¡Mejor ese otro! Parece casi una pista”–. Así pasaba el tiempo mientras ascendía y me preparaba para cruzar la Sierra de Gredos con muy escaso margen. La turbulencia era fuerte, se aproximaban vientos del frente aunque aún no podía ver ninguna masa nubosa, salvo algún estrato aislado. El desarrollo del vuelo era inmejorable. El avión volaba perfectamente, dentro de los botes que casi me llevaban al techo de mi pequeño avión, sabía exactamente donde estaba y había recalculado los tiempos y la deriva con los vientos que estaba soportando en ese momento y seguramente mis estimaciones se aproximarían mucho a los tiempos que había predicho.
Al cruzar la Sierra la turbulencia se moderó y pude recostarme en mi asiento. Me subí el abrigo hasta la boca, calé mi gorro hasta las cejas y apreté los guantes contra la palanca, hacía frío. Tenía mucho frío y hambre, se me había olvidado coger algo de comer, pero no me importaba demasiado. Estaba volando que era lo que más me gustaba en la vida y en unas dos horas estaría en Valladolid, eso suponiendo que daría un rodeo para reconocer la zona y disfrutar del paisaje, podría tardar incluso menos. ¡Atento! Me había desviado sin darme cuenta casi 30 grados, tampoco era un gran problema ya que la distancia era corta y hacía menos de un minuto había chequeado mi brújula pero si algo me estaban inculcando era la meticulosidad en los parámetros a mantener, me enfadaba conmigo mismo si ascendía sin haberlo querido 25 pies. Todo seguía OK y seguí divagando en mis pensamientos: ¿cómo podían decir que volar era peligroso? Era cierto que tenía un riesgo, pero como todas las cosas que hacíamos, era un aliciente para mí. Pero aparte de eso, no entendía las historias que me contaban de barrenas irrecuperables, vuelos invertidos inadvertidos y demás. No podía creer que esas cosas pasasen en un medio tan maravilloso como el aire, el cielo…
Mirando por mi ventanilla izquierda empezaba a vislumbrar las grandes formaciones nubosas amenazantes del frente. Sabía que los frentes fríos eran los más rápidos de todos así que, aunque aún estaban a muchas millas de mi posición, decidí no alargar mi estancia por la zona y proceder directo al aeropuerto para repostar y salir rápidamente para Madrid y, si por el camino tenía problemas, siempre tenía campos nativos por mi ruta. Además, los depósitos aún estaban por la mitad. Tomé precauciones, siendo consciente que, de momento, no había riesgo alguno. Que equivocado estaba…
A lo largo de mi ruta había ido cruzando algún que otro estrato sin mayor novedad. Mientras que iba alcanzando Valladolid y preparándome para descender, vi una fina capa de este tipo de nubosidad bajo mi aeronave. En ciertos momentos veía la tierra, sabía dónde estaban las elevaciones más significativas que me podían afectar y decidí descender prematuramente para evitar sorpresas y alcanzar Villanubla a la altitud requerida sin prisas. “Valladolid del XX estamos en descenso a unas 30NM del campo”. “Recibido XX llame con el campo a la vista”. “Así lo haré XX”. Al traspasar la capa de nubes bajas de color blanquecino quedé aturdido por unos segundos. Una espesa niebla cubría la ciudad de Valladolid, el aeropuerto y sus alrededores. Mis referencias visuales, que había mantenido hacía unos minutos, se habían ocultado tras esa maldita niebla. Sentí vértigo y me concentré en los instrumentos, como había escuchado hablar a los pilotos comerciales. Estabilicé el avión y decidí dar inmediatamente media vuelta para regresar a algún nativo en ruta y recuperar cuanto antes mi altitud de seguridad y mis condiciones visuales… pero era demasiado tarde. Volví sobre mis pasos, o eso creí, y no descubrí referencia exterior alguna. Tan sólo veía el color blanco por los cuatro costados de mi avión sintiendo un gran desasosiego. Cogí mis mapas de entre mis piernas. Intenté triangular mi posición desde el momento en el que me había perdido y el rumbo que llevaba, llegué a una posición más o menos precisa y recalculé un nuevo rumbo al aeropuerto. Volé ese rumbo intentando corregir por viento sin tener ninguna referencia exterior y después de varios minutos reconocí que mi situación era precaria: seguía sin obtener referencia visual alguna aún descendiendo a altitudes peligrosas para esa zona, no tenía idea alguna de dónde podía encontrarme y me quedaba un cuarto de combustible. Era el momento de llamar a Valladolid: “Villanubla el XX nos hemos perdido, desconocemos nuestra posición y transponder inoperativo”. “¿Puede repetir XX?”. “Es afirma, me he perdido. Soy una sola alma a bordo y requerimos la mayor ayuda posible”. “Recibido. Vamos a intentar triangular su posición”. Puse rumbo Sur para volver sobre mis pasos una vez más pero lo único que conseguí fue vislumbrar nubes embebidas en la niebla y una cada vez más, fuerte turbulencia.
Me sentía sólo, aislado de todo, aislado del mundo. Pensaba en la gente que debajo de mi aparato estaba en casa, encendiendo las calderas para pasar una noche terriblemente fría… ¡La noche! Por si fuese poco, no quedaba demasiado para el ocaso y mi combustible seguía fluyendo por mis cilindros y lo sentía como una verdadera hemorragia ya que si eso se agotaba, estaba vendido. No podría hacer una toma fuera de campo con esa niebla tan pegada al suelo. Sólo vería el suelo cuando estuviese a unos pocos metros, lo suficiente para elevar el morro e impactar con la panza. Mejor no pensar en ello, sabía que si no encontraba una solución, la muerte me esperaba unos cientos de metros más abajo.
Intenté ascender para elevarme por encima de la niebla pero estaba lleno de nubes y de nuevo, la turbulencia se apoderaba de mis débiles alas. Tenía ganas de llorar. Mi sueño se iba a truncar por un estúpido viaje, todas las advertencias, enseñanzas de mis mentores, no habían servido de nada. Y mi familia… Me hubiese gustado despedirme de ellos, al menos dejaría una nota para mis padres. Hice un agujero en el papel y la incrusté en el mando de calaje del altímetro.
Seguí divagando y hablando con Valladolid cada vez más desanimado y consciente de mi destino, preparándome para lo que iba a ser un trágico final. Incluso recuerdo apretarme todo lo que pude el cinturón de seguridad y ensayar la posición con la cual iba a impactar. Ya no había opción de saber dónde estaba y solamente me quedaba la esperanza de que los vientos del frente barriesen la niebla y aunque trajesen nubes muy bajas, encontrarme. De momento sólo veía lluvia y mis depósitos en reserva.
Cerré los ojos por un momento, me cansaba y desorientaba mucho el haber estado volando tanto tiempo entre nubes. Seguía sintiendo frío, sobre todo en mis pies apoyados en los pedales. De nuevo pensé en mi familia y vi esa nota, ya no contestaba a la torre. Vi esas palabras que había escrito: “Os quiero”. Estaba hablando en pasado cuando aún seguía vivo, seguía sintiendo frío y pena y eso, en estas circunstancias, era bueno. Yo amaba la vida y la amo, y me enfadé conmigo mismo por haber arrojado la toalla y haber sido tan pesimista. Arranqué la nota del altímetro y cuando lo hice, no podía creer lo que vi ante mis ojos. ¡Tenía un ADF a bordo! Mi erupción de alegría rápidamente se aletargó. No sabía cómo utilizarlo, sólo de oídas había escuchado historias sobre “la curva del perro” y que era muy impreciso con mal tiempo… como era el caso. Pero tenía que intentarlo, era mi última opción. Había apagado desde hacía bastante tiempo la radio y ahora solamente me concentraba en descubrir cómo funcionaba esa vieja aguja que podía guiarme a la vida. Sintonicé la frecuencia de VLD (Valladolid) y abrí el micro para escuchar el indicativo Morse. Esperé varios segundos pero no sonaba nada, la aguja no paraba de oscilar y me marcaba hacia la parte más oscura, sin duda quería llevarme a las temidas tormentas eléctricas que amenazaban Villanubla y mi avión. Esperé y esperé y después de dos o tres minutos sonó el sonido más bonito que jamás escuché y la aguja se puso recta indicando una dirección a unos 60 grados por mi derecha. Viré a ese rumbo para “ir hacia la aguja”, no se me ocurría otra cosa. Traté de mantenerla lo más derecha posible virando a un lado y a otro. De vez en cuando oscilaba y me marcaba otra dirección totalmente diferente pero la mayoría del tiempo me marcaba una dirección así que aposté por ella. Esa radio ayuda me llevaba al tramo de final de la pista de Valladolid, a unas dos millas. Ahora sabía que tenía una oportunidad de encontrar el aeropuerto, lo que más me preocupaba era el combustible así que ajusté la potencia y la mezcla al mínimo para consumir lo menos posible. Me quedaba muy poco, jamás había visto los aforadores tan vacíos.
Después de unos quince minutos, esa aguja empezó a girar muy rápidamente y me fui con ella, no sabía qué estaba pasando y no quise imaginar que el único hilo que me ataba a la vida se había roto pero a los pocos segundos comprendí lo que estaba pasando, la aguja de la vida tornó 180 grados y ahora la punta señalaba el rumbo opuesto al que mantenía, la aguja de la vida me había llevado sobre VLD. Descendí lo máximo que pude y empecé a vislumbrar ¡TIERRA! Volvía a la vida y cada vez obtenía más campo visual. Encendí la radio. Mientras tanto empecé a ver las luces de la pista y por fin vi esa larga tira de asfalto ante mí, entonces empecé a llorar como un niño y grité por radio “Valladolid el XXXX estamos en final”. “¿En final de qué? ¡Me confirma final de qué pista!“. No contesté ya que no me salían las palabras y la torre simplemente, me autorizó a aterrizar. Recuerdo hacer la peor toma de mi vida ya que las lágrimas empañaban mis ojos y rodé hasta el parking. Apagué el motor y no me moví del avión. Esa noche dormí en Valladolid.
A la mañana siguiente despegué hacia Madrid, habiendo repasado una y otra vez la información meteorológica de la cual disponía. El combustible que había en los depósitos esa mañana no era suficiente ni para rodar a cabecera.
Nadie hasta este momento, ha sabido la trascendencia que tuvo en mí este episodio y cómo crecí como piloto. Hoy en día, sigo acordándome de los hechos que he relatado y cómo esa aguja me devolvió a la vida que creía haber perdido.
Jamás volveré a dejar un recurso sin utilizar en una cabina de vuelo, ya sea de un Cessna o de un B747 y mucho menos tiraré la toalla sea la situación que sea. Si no es por mí, por las vidas que me acompañan en estos gigantes de hierro en los que surcamos los cielos.
Buenos Vuelos a todos.
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